Inicio » Cultura & más » El adiós al dibujante Lucena: “Por Siempre Yerba”

El adiós al dibujante Lucena: “Por Siempre Yerba”

Yatasto

Yatasto

Murió Cervando Lucena, a los 67 años, a raíz de un accidente cerebrovascular que sufrió hace tres meses y medio. Yerba, el nombre con que rubricó su obra artística, quedará en la memoria de la cultura de Salta.
Me resulta difícil escribir acerca de las personas con las que me tocó compartir tantos años de trabajo, por eso no puedo despedir a Yerba sin un nudo en la garganta.
Cervando Lucena, Yerba, fue un gran dibujante, pero por sobre todo, un salteño puro y un hombre de bien.
Haber compartido la redacción de El Tribuno me permitió aprender algo de su obra: el artista del lápiz es, ante todo, un extraordinario observador. Es alguien que sabe mirar la realidad y contarla tal como la ve.
En algunos casos, el talento que se expresa a través del grafito y los plumines transita por senderos de ficción; en otros, como una crónica, pero los límites siempre son imprecisos.
Mirar la realidad e interpretarla es la tarea esencial del periodismo, de la caricatura, de la sociología, de la literatura; en definitiva, de cualquier forma del conocimiento. Pocos saben sobre la formación artística de Yerbita, aunque sus dibujos la muestran con transparencia. En primer lugar, el era un criollo de El Galpón y creció desarrollando trabajos rurales. Pero el duende del arte no respeta fronteras y desde chiquito le hizo saber que él era dibujante. En sus pagos, a través de una revista, conoció la Escuela Panamericana de Arte, que le ofreció la posibilidad de estudiar dibujo por correo.
Esa escuela que hizo historia en el dibujo argentino contaba con el prestigio de maestros como Enrique Lipzyc, Hugo Pratt y Alberto Breccia, entre otros artistas de gran talento.
Hubo otros dibujantes extraordinarios en la historia de esta escuela: el más conocido fue el entrañable Roberto Fontanarrosa. Yerba guardó siempre como un tesoro los materiales que le enviaban esos genios para que él aprendiera. Pero así como Fontanarrosa jamás se olvidó de su Rosario natal y de sus pasión canalla, Yerba no dejó nunca ese espíritu popular que lo amamantó en El Galpón.
Los personajes de cada uno de sus dibujos expresan una mirada transparente sobre el mundo y la gente, sin la distorsión que a veces imponen los prejuicios y la rigidez ideológica. Yerba no cayó jamás en la trampa egocéntrica que encierra a algunos artistas y que les impide ver que la realidad es mucho más amplia y generosa que su propia persona. Sus dibujos muestran con pinceladas desopilantes los caracteres, defectos, pasiones, ingenuidades y angustias de los contemporáneos, sin detenerse a pensar si es o no lo políticamente correcto.
 Esa es la esencia del humor gráfico. El arte es cómico o trágico: nunca neutro. Siempre resalta rasgos, gestos y actitudes para mostrar lo que el artista ve, aunque no sea aquello que algunos piensan. Pero eso es justamente lo que el público espera del artista. Por sobre lo que opinemos de Yerba sus amigos, sus colegas y sus admiradores, lo cierto y verificable es que su trabajo iluminó el ánimo de los salteños durante cuatro décadas.
Hoy nos deja su memoria, que es una memoria extraordinaria. El amor de su familia lo acompañó en estos meses tristes, sin querer ceder espacio a la resignación.  Ya no está entre nosotros, pero quedan sus dibujos, que son un patrimonio privilegiado de la cultura salteña. (Escribe Francisco Sotelo, para El Tribuno)