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Lanús es finalista: El VAR fue clave en la semifinal con River

la clasificación a la final de Lanús ya era histórica en sí misma, mucho más lo es por las circunstancias que la rodearon. El de ayer pudo haber sido el día más feliz en la existencia del granate. Uno de los más inolvidables, uno de los que lo se hablará por años, que se recordará por siempre. Con Acosta y Sand, abanderados de tantas alegrías, ahora como los generales de un triunfo equivalente a una hazaña que estuvo acompañado por el corazón del resto del equipo, que se levantó cuando ya se lo daba por derrumbado. En 23 minutos transformó un 0-2 en un épico 4-2. Habían pasado unos pocos instantes del final y el técnico Jorge Almirón, el ideólogo de un equipo que en las grandes citas extrae un plus competitivo, seguía repitiendo: “No lo puedo creer, todavía no lo puedo creer…”.
River dejó en la Fortaleza la aureola de equipo copero que supo crear en los últimos años. Sufrió un freno abrupto, duro, se chocó con una realidad impensada. El imperio Gallardo tambaleó como nunca antes. Sufrió una de esas derrotas de las que se tarda mucho en salir, que dejan en estado de shock. Y cuando levante la vista, el domingo tendrá a Boca en el Monumental.
A los 44 minutos del primer tiempo, Lanús estaba con un pie y tres cuartos afuera del torneo, con la eliminación a la vuelta de la esquina. Vino el descuento del tremendo Pepe Sand en el último minuto. Lo que parecía una anécdota se transformó en los cimientos de una obra monumental.
En el primer minuto del segundo tiempo, Sand se volvió a calzar el traje de fiera para conseguir el empate. El partido empezaba a pegar un giro abrupto. Lanús se agrandaba y River se empequeñecía. El estadio, hasta un rato antes enmudecido, empezaba a vibrar, a estremecerse con los gritos y la emoción de los hinchas. El Laucha Acosta subió otra escalón más en la idolatría del hincha de Lanús al marcar el tercero.
Ya tenía de todo la semifinal, sólo faltaba darle lugar al VAR. A esa asistencia tecnológica recurrió el árbitro para sancionar el penal de Montiel a Pasquini. River se quedaba con la sangre en el ojo porque con la ventaja de 2-0 no se había aplicado el VAR para una mano de Marcone dentro del área ante un enganche de Scocco. Con el 4-2, Lanús se sintió en medio de un milagro. Resistió los deshilachados arrestos de River y también pudo aumentar de contraataque. La epopeya se teñía de granate.

El pasado como respaldo
No fue magia. La receta, el secreto mejor guardado, de este enorme Lanús, que desafía a la gloria con la belleza de la humildad, es el trabajo, el orden, el fuego sagrado. El fútbol simboliza todo lo demás. El “club de barrio más grande del mundo” es finalista de la Copa Libertadores. No es casualidad: hay una magnífica historia detrás, de algo más de 20 años, en la que se nutrieron de todos, con un bien común. La gloria de un club con destino de grandeza, que excede el marco del Sur. Inspirado en Estudiantes, Argentinos y Vélez, creadores de la plataforma de los humildes en la cúspide de América, Lanús no se encoge ante las leyendas. Ni San Lorenzo, antes. Ni River, ahora. Desde abajo, en desventaja, con el estilo de Jorge Almirón, el mejor técnico de su historia, con la picardía de Acosta y los goles de Sand, ahora quiere ser campeón. El conformismo de crear la historia no lo contiene ante el último gran desafío.
Dos décadas atrás, empezó la construcción de la nueva era. Lejos de los románticos tiempos de ascenso, el club se transformó con obras, con impulso a nuevos deportes y con una línea de conducta en las altas esferas que lo convirtieron en un moderno club modelo. Un espejo para muchos. La primera línea de esta leyenda es la Copa Conmebol 1996, una creación de Héctor Cúper, con la clase del Caño Ibagaza y Huguito Morales y los goles de Ariel López. De Guidi y Arias a ser el centro de la atención de América. Desde allí, más allá de desventuras y pasos en falso, creó la mejor versión de su entrañable historia. Consiguió títulos locales, logró el respeto en el medio, aunque su impulso internacional -ese que se pasea ahora mismo, en las narices de River, el gigante vencido en una noche para el recuerdo en la Fortaleza-, siempre pareció propinarle un sabor mejor. La Copa Sudamericana 2013, una creación de Guillermo Barros Schelotto -con la solidez de Paolo Goltz y los goles del Pelado Silva-, resultó la segunda estrella sudamericana y, además, la confirmación de su estirpe fuera de casa.
Ahora, mientras celebra haber llegado a la finalísima con el ataque como referencia y un estilo audaz, que empieza desde el primer pase del arquero Andrada, mezclado en el fervor del Laucha, Pepe y Marcone, el cerebro, debe recordar estos últimos 20 años de crecimiento sostenido. Un avance creado en los escritorios, con decisiones acertadas que convirtieron al club en una referencia natural en nuestra escenografía. Un avance creado en el campo de juego, con equipos agradables para paladares exigentes y, también, para aduladores del pizarrón. Lanús lo hizo una vez más. El ganador de dos estrellas internacionales, ahora pretende la más sagrada en esta parte del mundo. El club de barrio más grande del mundo no creció de golpe. El finalista de la Copa Libertadores tiene una magnífica historia detrás, un ejemplo de que la gloria es la consecuencia de todo lo demás.

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