Inicio » Cultura & más » ¿Quién es y qué simboliza el diablo del carnaval?

¿Quién es y qué simboliza el diablo del carnaval?

“Cuando en febrero se acerca el carnaval -dice el poeta y maestro jujeño Fortunato Ramos- el colla prepara su erquencho, su caja, su chicha, y su preocupación se centra en el Dios Momo, en el mojón, en su cuadrilla cajera o simplemente en su querida comparsa carnavalera”. En el acto del desentierro, cada comparsa se dirige a su mojón, en cuyo costado se cava un pozo y se aromatiza con koa, romero e incienso para ahuyentar la mala suerte. Cada una de las comparsas lleva consigo un diablito o pujillay (en quichua significa acción o efecto de jugar, aunque en la práctica designa al muñeco que representa el carnaval) que es levantado desde el pozo como representación del desentierro, generalmente por un diablo mayor .

El pujillay acompañará a cada comparsa durante los días de festejo del carnaval. Pero,¿quién es y qué simboliza el diablo del carnaval? Para Fortunato Ramos: “El diablo es el hombre común, el empleado municipal que limpia las calles del pueblo, el maestro rural, el albañil, el jornalero, el estudiante de la Quebrada. El diablo es cualquier habitante de la zona que, ansioso por divertirse, se disfraza con una careta pintarrajeada, un cabezal con dos cuernos arqueados de colores vivos, una capa multicolor chispeante de espejos, cascabeles y lentejuelas, una blusa combinada en rojos, amarillos y verdes, un pantalón de matices primarios de cuya parte posterior destaca una cola larga de casi tres metros, que el diablo bate cuando baila carnavalitos, bailecitos y cuecas”.

“El diablo encabeza los carnavalitos de la comparsa y es obligación que sea alegre durante el carnaval, no hay diablos tristes ni diablos dormidos. Sí, diablos machados y diablos sueltos. El diablo contagia la alegría y la tentación al hombre, también a la mujer; y en los nueve días y las nueve noches, casi no duerme; porque, de ésta, no hay otra” . El carnaval de la Puna argentina, al igual que el de otras culturas, también implica una ruptura, un quiebre en la vida cotidiana: un tiempo teñido por las excepciones, en el que “las noches se vuelven días”, y viceversa, según la expresión de sus protagonistas. El orden espacial también es novedoso, ya que al liberarse de las faenas habituales, la gente puede permitirse la más prolongada permanencia posible dentro del espacio festivo, ya sea marchando, cantando, jugando con agua, bebiendo, bailando o batiendo palmas.

Carnaval urbano en la provincia de Salta: El canto de la Comparsa de Indios del carnaval salteño.

Carnaval urbano en la provincia de Salta: El canto de la Comparsa de Indios del carnaval salteño.

El antropólogo Rubén Pérez Bugallo, en su trabajo sobre el carnaval urbano en la provincia de Salta, describe las conductas y comportamientos de los protagonistas de esa festividad, cuyas características son análogas a las celebraciones de culturas muy diferentes y distantes: “la transgresión se autodecreta normalidad. El margen para la imaginación y la espontaneidad es tal que la comunidad no solo admite los excesos, sino que los prohija. La exaltación colectiva suprime complejos y tabúes: la copla picaresca en boca de un niño no se reprime sino que, por el contrario, se solicita reiteradamente; el piropo soez del Diablo no es rechazado sino festejado con desfachatez; la exagerada ingestión de bebida alcohólica ya no es un vicio sino una gracia (…); en fin, la permisiva sociedad acepta divertidamente hasta las manifestaciones de inversión sexual, quizá porque sabe que esto es, por pasajero, necesario y vivificante. Hay, pues, un circunstancial modo de conocimiento expresado en los más diversos excesos que se traducen como acciones normales”.

Luego del festejo carnavalero en la Quebrada de Humahuaca, cada comparsa vuelve a su mojón y hacen nuevas ofrendas a la Madre Tierra. Una vez ahuyentados los malos espíritus del pozo, se procede a quemar y enterrar al diablito. De esta forma se realiza el entierro del carnaval, que vuelve a la Pachamama hasta el próximo festejo: “Al final, cuando el carnaval se va, lleva una sarta de alimentos, zapallos, zanahorias, manzanas, papas y cebollas y ofrendará a la Pachamama, en el mojón donde despacha su comparsa. De allí en más, vendrá el tiempo de pena, de trabajo, de arrepentimiento. Por eso -para que entiendan- el diablo de carnaval es el hombre que arrastra el peso de unas cadenas largas, que se pierden en la noche de los tiempos” .

Por otro lado, la presencia del diablo del carnaval alude al mítico descenso a los infiernos: la caída evoca el sacrificio humano para salvar al hombre de la aniquilación. Equivale a la representación periódica de la muerte -característica de los ritos de pasaje- que exterioriza año a año su carga emocional y liberadora. Esa carga intensamente emocional se manifiesta en una especie de trance oposesión de los participantes, que les permite cantar y danzar durante horas; los momentos previos son vivenciados con una intensidad fuera de lo común. Pérez Bugallo aporta algunos testimonios al respecto en referencia al trabajo de la Comparsa “Los Tonkas”: “Hay una noche en que Villa Belgrano entera no duerme. Es la noche previa al primer día de corso. Ud. se va a las cuatro o cinco de la mañana y todas las familias de la comparsa de Villa Belgrano están de pie, trabajando. No duerme nadie. Usted dé una vuelta por la villa y va a ver todas las luces encendidas. Es la noche que nadie duerme”.

“Cuando llega el carnaval / no como ni duermo nada me alimento con la copla / me duermo con la tonada”

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*